En tiempos del Homerheimer, como di en llamar al fenómeno comercial de Christopher Nolan (The Odyssey, 2026), ese artefacto antipoético e increíblemente tedioso, les invito en este vídeo a conocer una maravillosa comedia, goliardesca e intertextual: La Odisea según Marco Manicio, de Agustín Iglesias, creador en 1979 de la compañía Guirigai.
Esta obra de teatro, cuyo texto fue publicado por la Asociación de Directores de Escena, con sede en Madrid, en 2019, nunca se ha puesto en escena, y es una lástima, porque es una muestra maravillosa de intertextualidad, de confesión de amor y manifestación de oficio en el teatro mismo, y de lo goliardesco.
La Odisea según Marco Manicio, de Agustín Iglesias, es una comedia vitriólica, excesiva, goliardesca, gamberra, etílica y procaz. Y lo es necesariamente, no para rebajar la dignidad de uno de los pilares culturales de Occidente, sino para sumar el esfuerzo de su autor, Agustín Iglesias, a una larga tradición, que no es paródica, sino metaliteraria y discursiva.
Asimismo, el libreto se constituye en un lúdico y lúcido y aun lúbrico ejercicio metateatral, es decir, de teatro dentro del teatro, una estrategia que sirve para pensar el propio arte teatral, su naturaleza y su función. Y así, pensar el teatro desde dentro, y hacerlo de un modo desternillante, contribuye a reflexionar sobre la propia tradición cultural, y qué podemos hacer para que no acabe por completo desmantelada.
Las acotaciones iniciales del autor, Agustín Iglesias, nos conducen a un tiempo y a un lugar poco definidos: una provincia romana en el siglo II d.C., por más señas, aunque se insiste en que esa provincia pudo muy bien ser Hispania. Nosotros, desde luego, así deseamos creerlo.
En la primera escena de la obra de Iglesias, Marco Manicio presenta su espectáculo, aunque antes, Iglesias, en una extensa acotación inicial nos ha presentado, por su parte, a la compañía teatral. Una compañía compuesta por dos empresarios: el director (Marco Manicio) y el actor principal (Lucio Accio), una actriz principal, a la que ambos desean (Gavila, que se ha divorciado de Marco años atrás) y los restantes miembros del reparto; tres hombres (Ascilo, Estico, Glicon) y una mujer (Marcia), quienes fueron adquiridos por el director como esclavos.
Si bien todos conocen cómo concluye la historia de Ulises a su regreso, Marco Manicio y Agustín Iglesias, no se complacen en obviedades, y hasta el desenlace mismo, el espectador será llevado y traído como por los pelos, en particular, por Marcia (Penélope). Pero todo acaba como es debido. Y el lector, esperemos que el espectador en un futuro próximo, habrá emprendido un viaje tan complejo como desternillante entre el mito elevado y lo goliardesco, entre el teatro y la vida. Con Homero de fondo y, en primer plano, con un amor inmarcesible por la intoxicación del teatro.
En esta ocasión me acompaña una maravillosa obra del artista Paco Rossique, maestro de la poesía visual y del humor.



